El fenómeno de El Niño avanza hacia una categoría muy fuerte y aumenta la probabilidad de precipitaciones desde la zona central hasta Los Ríos.
Una primavera más lluviosa no se traduce en un único efecto para la agricultura. En fruticultura, el impacto depende sobre todo del momento en que ocurran las precipitaciones y del estado fenológico en que se encuentre cada especie, un factor relevante en una temporada en que buena parte de los frutales de la zona central y centro-sur está en plena floración.
Si las lluvias coinciden con ese periodo, pueden interferir en la polinización y la fecundación. En especies de polinización entomófila disminuyen la actividad y el vuelo de abejas y otros polinizadores, mientras que en especies anemófilas se dificulta la liberación y el transporte del polen. Además, la presencia prolongada de agua sobre las estructuras florales puede afectar el proceso de fecundación, según la especie.
“Eventos persistentes durante la floración pueden reducir la cuaja y, por lo tanto, el rendimiento potencial”, explica Viviana Tudela, jefa de carrera de Ingeniería Agronómica y docente de la Escuela de Ciencias Agroalimentarias, Animales y Ambientales (ECA3) de la Universidad de O’Higgins (UOH).
Otro aspecto para considerar -señala Tudela- es el riesgo fitosanitario. Las precipitaciones prolongan el tiempo en que permanece agua libre sobre los tejidos y generan periodos de alta humedad, lo que crea condiciones favorables para la proliferación a infección de diversos patógenos. En vides, por ejemplo, Botrytis cinerea puede infectar durante la floración y permanecer latente hasta manifestarse posteriormente en las bayas. En frutales de carozo, se generan condiciones favorables para la tizón de la flor o pudrición parda causada por Monilinia spp.
A esto se suman los cuadros de origen bacteriano. En nogal las precipitaciones en primavera favorecen el desarrollo de la peste negra, causada por Xanthomonas arboricola pv. Juglandis.
En el balance hídrico, en cambio, el escenario es más auspicioso, según explica la experta. Mayores precipitaciones contribuyen a recuperar la humedad del suelo, aumentar los caudales y favorecer el almacenamiento en embalses, además de aportar a la recarga de acuíferos, aunque esta respuesta es más lenta y depende de las características de cada cuenca, del suelo y de la forma en que ocurra la precipitación.
Respecto de la nieve, Tudela precisa que no basta con que precipite más: la altura de la isoterma cero durante los eventos determina qué proporción cae como lluvia y cuál como nieve, y las temperaturas posteriores condicionan cuánto tiempo permanece almacenada y con qué velocidad se derrite, un antecedente clave para la disponibilidad de agua de riego en la temporada siguiente.
El pronóstico estacional también anticipa temperaturas máximas bajo lo normal en gran parte de la zona central y sur, lo que puede implicar una acumulación térmica más lenta y retrasar parcialmente el desarrollo fenológico de algunos frutales y cultivos de primavera, junto con el calentamiento del suelo y procesos como la germinación, la emergencia y la actividad radicular. Por eso la docente recomienda revisar fechas de siembra y algunas labores de fertilización siempre según las condiciones efectivamente observadas en cada predio.
“Más que disponer simplemente de sensores, el desafío es contar con registros continuos y con personas capacitadas para interpretar esos datos y utilizarlos en las decisiones de manejo”, señala. Cuando no existen sensores prediales, agrega, es posible recurrir a estaciones meteorológicas cercanas y a fuentes oficiales de información.
La docente añade -finalmente- que una temporada húmeda puede entregar un alivio relevante tras años de déficit hídrico, pero que no revierte la tendencia de largo plazo hacia menores precipitaciones observada en Chile central, resultado de la variabilidad natural y del cambio climático antropogénico.