Capítulo 54.
Ecosistemas
Un ecosistema es una unidad de
organización biológica constituida por todos los organismos de
un área dada y el ambiente en el que viven. Está caracterizado
por las interacciones entre los componentes vivos (bióticos) y no vivos
(abióticos), conectados por 1) un flujo unidireccional de energía
desde el Sol a través de los autótrofos y los heterótrofos
, y 2) un reciclamiento de elementos minerales y otros materiales inorgánicos.
La fuente última de energía para la mayoría de los ecosistemas
es el Sol.
El flujo de energía a
través de los ecosistemas es el factor más importante en su organización.
El paso de energía de un organismo a otro ocurre a lo largo de una cadena
trófica o alimentaria, o sea, una secuencia de organismos relacionados
unos con otros como presa y predador. Dentro de un ecosistema hay niveles tróficos
. Todos los ecosistemas tienen, por lo general, tres de estos niveles: productores
, que habitualmente son plantas o algas; consumidores primarios, que por lo
general son animales o detritívoros , que viven de los desechos animales
y de los tejidos vegetales y de animales muertos; y descomponedores que degradan
la materia orgánica hasta sus componentes primarios inorgánicos.
El funcionamiento de los ecosistemas
puede ser estudiado por varios métodos cuantitativos: 1) La comparación
global de los sistemas, 2) los experimentos a campo y 3) los modelos matemáticos.
Los movimientos del agua, el
carbono, el nitrógeno y demás elementos minerales a través
de los ecosistemas se conocen como ciclos biogeoquímicos.En
estos ciclos, los materiales inorgánicos del aire, del agua o del suelo
son incorporados por los productores primarios, pasados a los consumidores,
y finalmente transferidos a los descomponedores. En el curso de su metabolismo,
los descomponedores liberan los materiales inorgánicos en el suelo o
en el agua en una forma en la que pueden ser incorporados por los productores.
Los productos químicos sintéticos o los elementos radiactivos
liberados en el ambiente pueden ser capturados y concentrados por los organismos
en niveles tróficos más elevados.
Las múltiples interconexiones
en los ecosistemas llevaron a desarrollar la hipótesis Gaia. Esta hipótesis
considera a todo el planeta como un único sistema autorganizado y autosostenible
donde lo vivo y lo no vivo conforman una unidad con regulación propia.
Energía solar
La vida en la Tierra depende
de la energía del Sol, que es también responsable del viento y
del conjunto de condiciones meteorológicas. Cada día, año
tras año, la energía del Sol llega a la parte superior de la atmósfera
terrestre. Sin embargo, a causa de la atmósfera, sólo una pequeña
fracción de esta energía alcanza la superficie terrestre y queda
a disposición de los organismos vivos.
La atmósfera que se encuentra sobre la superficie terrestre y a través de la cual ingresa la energía solar consiste en cuatro capas concéntricas que se distinguen por sus diferentes temperaturas.

Las cuatro divisiones principales de la atmósfera.
Las cuatro divisiones principales de la atmósfera son la troposfera,
la estratosfera, la mesosfera y la termosfera. Los límites entre ellas
están determinados por cambios abruptos en la temperatura media. La capa
de ozono, de tanta importancia, se encuentra localizada principalmente en la
estratosfera.
De la energía solar entrante,
aproximadamente el 30% es reflejado hacia el espacio por las nubes y el polvo
de la troposfera próximos a la superficie terrestre. Otro 20% de la energía
es absorbido por la atmósfera. De éste, el 17% es capturado en
las capas inferiores, principalmente por el vapor de agua, el polvo y las gotitas
de agua en suspensión. Esta absorción de la radiación calienta
ligeramente la atmósfera, aunque gran parte de la energía se acumula
como calor latente en el ozono en la estratosfera y en la mesosfera. Este porcentaje,
aunque pequeño, es de importancia crítica porque representa a
la mayor parte de la radiación ultravioleta. Las radiaciones ultravioletas
y otras radiaciones de alta energía dañan a las moléculas
orgánicas y, si alcanzaran la superficie terrestre en grandes cantidades,
serían letales para la mayoría de las formas de vida terrestre.
El 50% restante de la radiación
entrante alcanza la superficie terrestre. Una pequeña proporción
de ésta es reflejada por las superficies claras, pero la mayoría
es absorbida. La energía que absorben los océanos calienta la
superficie del agua, evaporando moléculas de agua e impulsando el ciclo
del agua. La energía solar absorbida por la Tierra se vuelve a irradiar
desde la superficie como ondas de longitud más larga (infrarroja), o
sea, como calor. Los gases
de la atmósfera son transparentes para la luz visible, pero el dióxido
de carbono y el agua, en particular, no son transparentes para los rayos infrarrojos.
Como resultado de ello, el calor queda retenido en la atmósfera y calienta
la superficie terrestre.
La pérdida y la ganancia
de calor se mantienen en un delicado equilibrio. Un incremento en la reflexión
de la Tierra, un espesamiento de su cubierta de nubes, un aumento o disminución
del contenido de CO2 de su atmósfera o una disminución en su capa
de ozono produciría como respuesta un cambio de todo el sistema. La naturaleza
y el resultado de estos cambios, particularmente los incrementos registrados
en la concentración de CO2 atmosférico y el adelgazamiento de
la capa de ozono, son temas actuales de intenso interés y preocupación.
La cantidad de energía que reciben las distintas partes de la superficie terrestre no es uniforme. Este es el factor fundamental que determina la distribución de la vida en la Tierra. En las cercanías del Ecuador, los rayos del Sol son casi perpendiculares a la superficie terrestre y este sector recibe más energía por unidad de superficie que las regiones al norte y al sur, mientras que las regiones polares reciben el mínimo. Además, dado que la Tierra, que está inclinada sobre su eje, rota una vez cada 24 horas y completa una órbita alrededor del Sol más o menos cada 365 días, el ángulo de incidencia de la radiación y, por lo tanto, la cantidad de energía que alcanza a diferentes partes de la superficie, cambia hora tras hora y estación tras estación.

Radiación solar.
Un haz de energía solar que incide en la Tierra cerca de uno de los polos
se extiende sobre un área más amplia de la superficie terrestre
que un haz similar que incide cerca del Ecuador.
En los hemisferios norte y sur
las temperaturas cambian en un ciclo anual porque la Tierra está ligeramente
inclinada sobre su eje en relación con su órbita alrededor del
Sol. En invierno, en el Hemisferio Norte, el Polo Norte se encuentra inclinado
hacia el lado opuesto al Sol, disminuyendo el ángulo con que los rayos
solares inciden en la superficie y disminuyendo también la duración
de las horas de luz, lo cual da como resultado temperaturas más bajas.
En verano, en el Hemisferio Norte, el Polo Norte está inclinado hacia
el Sol. Nótese que la región polar del Hemisferio Norte está
continuamente oscura durante el invierno y continuamente iluminada durante el
verano.
Las variaciones de temperatura
en la superficie terrestre y la rotación de la Tierra establecen los
principales esquemas de circulación del aire y de las precipitaciones.
Estos esquemas dependen, en gran medida, del hecho de que el aire frío
es más denso que el aire caliente. En consecuencia, el aire caliente
se eleva y el aire frío desciende. Cuando el aire asciende, se encuentra
bajo menor presión y, en consecuencia, se expande; cuando un gas se expande,
se enfría. El aire más frío retiene menos humedad, así
que, al elevarse, su vapor tiende a condensarse y a caer en forma de lluvia
o de nieve.
El aire es más cálido a lo largo del Ecuador, la región calentada más intensamente por el Sol. Este aire se eleva creando un área de baja presión (zona de calmas) que atrae aire desde el norte y desde el sur del Ecuador. A medida que el aire ecuatorial asciende, se enfría, pierde la mayor parte de su humedad, y luego cae a latitudes de aproximadamente 30° norte y sur; se trata de aire seco que condiciona la existencia de la mayoría de los grandes desiertos del mundo. Este aire se calienta, absorbe humedad, se eleva nuevamente y se desplaza hasta aproximadamente una latitud de 60° (norte y sur); este es el frente polar, otra área de baja presión. Un tercer cinturón, más débil, que se eleva en el frente polar, desciende nuevamente en los polos, dando lugar a regiones en las cuales, al igual que en las otras zonas de aire descendente, virtualmente no hay precipitaciones. El movimiento de rotación de la Tierra desvía los vientos causados por estas transferencias de aire desde el Ecuador a los polos, creando los principales patrones de distribución de ecosistemas.

La superficie de la Tierra es recorrida por cinturones de corrientes de aire.
Los cinturones de corrientes
de aire que recorren la superficie de la Tierra determinan los patrones principales
de disitribución de vientos y precipitaciones. En el esquema anterior,
las flechas de color azul oscuro indican la dirección del movimiento
del aire dentro de cada cinturón; las flechas verdes señalan regiones
de aire ascendente que se caracterizan por precipitaciones elevadas; y las flechas
marrones indican las regiones de aire descendente, caracterizadas también
por escasas lluvias. El aire seco que desciende sobre las latitudes alrededor
de 30º, tanto en el norte como en el sur, es el responsable de los grandes
desiertos del planeta. Los vientos predominantes en la superficie de la Tierra,
indicados por las flechas negras, muestran la desviación que la rotación
de la Tierra introduce en las trayectorias de las corrientes de aire dentro
de los cinturones individuales.
Estos esquemas planetarios son
modificados localmente por diversos factores.
El flujo de energía
De la energía solar que
alcanza la superficie de la Tierra, una fracción muy pequeña es
derivada a los sistemas vivos. Aun cuando la luz caiga en una zona con vegetación
abundante como en una selva, un maizal o un pantano, sólo aproximadamente
entre el 1 y el 3% de esa luz (calculado sobre una base anual) se usa en la
fotosíntesis. Aun así, una fracción tan pequeña
como ésta puede dar como resultado la producción -a partir del
dióxido de carbono, el agua y unos pocos minerales- de varios millares
de gramos (en peso seco) de materia orgánica por año en un solo
metro cuadrado de campo o de bosque, un total de aproximadamente 120 mil millones
de toneladas métricas de materia orgánica por año en todo
el mundo.
Eugene P. Odum, uno de los investigadores norteamericanos que más aportó a la comprensión de la dinámica de funcionamiento de los ecosistemas, utilizó una serie de diagramas de flujo para representarla.

Diagrama de flujo de un ecosistema.
El diagrama anterior muestra
el flujo unidireccional de energía y el reciclado de materiales. PG =
producción bruta; PN = producción neta; P = producción
heterotrófica; R = respiración.
El paso de energía de un organismo a otro ocurre a lo largo de una cadena trófica o alimentaria que consiste en una secuencia de organismos relacionados unos con otros como presa y predador. El primero es comido por el segundo, el segundo por el tercero y así sucesivamente en una serie de niveles alimentarios o niveles tróficos. En la mayoría de los ecosistemas, las cadenas alimentarias están entrelazadas en complejas tramas, con muchas ramas e interconexiones. La relación de cada especie con otra en esta trama alimentaria es una dimensión importante de su nicho ecológico.

Diagrama de una red trófica en la tundra ártica, durante la primavera y el verano.
Las flechas indican la dirección
del flujo de energía. Esta red alimentaria está muy simplificada.
En realidad, forman parte de ella un número de especies de plantas y
animales mucho mayor que el representado.
El primer nivel trófico
de una trama alimentaria siempre está ocupado por un productor primario.
En tierra, el productor primario habitualmente es una planta; en ecosistemas
acuáticos, habitualmente, un alga. Estos organismos fotosintéticos
usan energía lumínica para hacer carbohidratos y otros compuestos,
que luego se transforman en fuentes de energía química. Los productores
sobrepasan en peso a los consumidores; el 99% de toda la materia orgánica
del mundo vivo está constituida por plantas y algas. Todos los heterótrofos
combinados sólo dan cuenta del l % de la materia orgánica.
La productividad bruta es una
medida de la tasa a la cual los organismos asimilan energía en un determinado
nivel trófico. Una cantidad más útil -y a menudo más
fácil de medir- es la productividad neta. que es comparable a la tasa
de ganancia neta. Habitualmente se la expresa como la cantidad de energía
medida en calorías o en unidades equivalentes de energía, como
el kilojoule en los compuestos químicos.
La biomasa es un término
abreviado y útil que significa el peso seco total de todos los organismos
que se mide en un momento dado. La productividad neta es una medida de la tasa
a la cual los organismos almacenan energía, que luego queda a disposición
de los organismos del siguiente nivel trófico.
En los ecosistemas agrícolas,
el peso seco del total de plantas al final de la estación de crecimiento
representa la producción primaria neta de esa estación y suministra
una buena base de comparación entre distintos ambientes. Habitualmente,
de ese valor se excluyen las raíces porque es difícil extraerlas
de la mayoría de los suelos. Esto puede conducir a gruesas subestimaciones
en, por ejemplo, la vegetación natural de los ecosistemas de desierto.
Los consumidores primarios (herbívoros)
comen a los productores primarios. Un carnívoro que come a un herbívoro
es un consumidor secundario, y así sucesivamente. En promedio, aproximadamente
el 10% de la energía transferida en cada nivel trófico es almacenada
en tejido corporal; del 90% restante, parte se usa en el metabolismo del organismo
y parte no se asimila. Esta energía no asimilada es utilizada por los
detritívoros y, finalmente, por los descomponedores.
La eficiencia ecológica
es el producto de las eficiencias con las cuales los organismos explotan sus
recursos alimentarios y los convierten en biomasa: eficiencias de explotación,
asimilación y producción neta. La eficiencia ecológica
depende principalmente de la eficiencia de asimilación -que es la proporción
de energía consumida que se asimila-, y la eficiencia de producción
neta -que es la proporción de energía asimilada que se gasta en
crecimiento, almacenamiento y reproducción. En las plantas, la eficiencia
de producción es la relación entre la productividad neta y la
productividad bruta. Este índice varía entre un 30 y un 85%.
El valor energético de
las plantas para sus consumidores depende de la proporción de materiales
indigeribles que ellas contienen. El alimento de origen animal se digiere más
fácilmente que el de origen vegetal.
La brevedad de las cadenas tróficas,
es decir, el hecho de que sean tan cortas, fue atribuida desde hace tiempo a
la ineficiencia involucrada en la transferencia de energía de un nivel
trófico a otro, una explicación que, como tantas otras en ecología,
está ahora sufriendo una revisión crítica. Sin embargo,
en general, sólo un 10% de la energía almacenada en una planta
se convierte en biomasa animal en el herbívoro que come esa planta. Se
encuentra una relación semejante en cada nivel sucesivo.
El cálculo empírico del 10% es sólo una estimación grosera. Las mediciones reales muestran amplias variaciones en las eficiencias de transferencia, desde menos del 1% a más del 20%, dependiendo de las especies de que se traten. El flujo de energía con grandes pérdidas en cada pasaje al nivel sucesivo puede ser representado en forma de pirámide.

Pirámide del flujo de energía para un ecosistema de río en Florida, EEUU.
Una proporción relativamente
pequeña de la energía del sistema es transferida en cada nivel
trófico. Gran parte de la energía se invierte en el metabolismo
y se mide como colorías perdidas en la respiración.
Las relaciones energéticas entre los niveles tróficos determinan la estructura de un ecosistema en función de la cantidad de organismos y de la cantidad de biomasa presente.

Pirámides numéricas.
Pirámides numéricas para a) un ecosistema de pradera graminosa en la que el número de productores primarios (gramíneas) es grande y b) un bosque templado en el que un solo productor primario, un árbol, puede soportar a un número grande de herbívoros.

Pirámides de biomasa.
Pirámides de biomasa
para:
a. plantas y animales de un
campo en Georgia, EEUU y
b. plancton del Canal de la Mancha.
Estas pirámides reflejan
la masa presente en un momento dado; de aquí, la relación aparentemente
paradójica entre el fitoplancton y el zooplancton.
Dado que la tasa de crecimiento
de la población de fitoplancton es mucho más alta que la de la
población de zooplancton, una pequeña biomasa de fitoplancton
puede suministrar alimento para una biomasa mayor de zooplancton. Al igual que
las pirámides de números, las pirámides de biomasa indican
sólo la cantidad de material orgánico presente en un momento;
no dan la cantidad total de material producido o, como hacen las pirámides
de energía, la tasa a la cual se produce.
La tasa de transferencia de
energía de un nivel a otro proporciona un segundo índice de la
dinámica energética del ecosistema. Una baja tasa de transferencia
suele significar que el tiempo de residencia en el nivel de origen es elevado,
es decir, que ese nivel dispone de mecanismos de almacenamiento de la energía.
Tales mecanismos pueden ser la producción de madera, de humus y toda
otra estructura resistente a la acción de predadores y descomponedores.
Puede calcularse:
Tiempo de residencia (años)
= Energía almacenada en biomasa (kJ.m-2)
Productividad neta (kJ. m-2
año-1)
Modelos de sistemas
El funcionamiento de los ecosistemas
puede ser estudiado por varios métodos cuantitativos:
1. La comparación global
de los sistemas que permite ver, por ejemplo, cómo se correlaciona la
productividad primaria de un sitio con las precipitaciones, la temperatura o
la disponibilidad de nutrientes.
2. Los experimentos a campo que permiten obtener datos valiosos en el mismo
terreno de trabajo, pero tienen la enorme dificultad de la escala y el control
de variables. En el laboratorio se pueden controlar mejor las variables, pero
no pueden reproducirse todas e integrar, al mismo tiempo, aspectos de los métodos
anteriores.
3. Los modelos matemáticos que, si bien tienen las limitaciones impuestas
por la selección de variables, tienen varias ventajas. Son una vía
efectiva de comunicación entre técnicos de distintas especialidades,
lo que permite enfocar problemas interdisciplinarios. Permiten guiar la observación
y la experimentación y, recíprocamente, éstas son la base
para el ajuste y validación de los modelos. Un buen modelo exige un conocimiento
detallado de las variables fundamentales que modelan el sistema natural y, a
su vez, aporta ideas de lo que es posible que ocurra en él frente a algún
cambio natural o provocado por el hombre.
Otro grupo de modelos trabaja
a nivel ecosistema simulando, por ejemplo, el flujo de C, N, P y S (carbono,
nitrógeno, fósforo, azufre) entre las plantas y el suelo -medidos
en términos de productividad o materia orgánica del suelo- y su
alteración por la acción humana.
Una muy buena variable para
modelizar los ecosistemas es la energía, ya que puede expresarse, a su
vez, en variables comparables y medibles como biomasa o productividad e impulsa
todos los procesos del sistema.
En la actualidad, hay infinidad
de modelos para estudiar el impacto del hombre sobre la naturaleza. Entre ellos,
se encuentran los modelos fisiológicos, como los basados en los intercambios
gaseosos en las hojas o los modelos poblacionales, que analizan cómo
se ve afectada la tasa de crecimiento o distribución de la población.
Como se puede apreciar, hay
modelos para distintas escalas de resolución. Con ellos se pueden simular
situaciones. El aspecto que resulta más crítico es seleccionar
el modelo más adecuado para la escala temporal y espacial de la perturbación
que se quiere estudiar.
Ciclos biogeoquímicos
Ciclos Biogeoquímicos
La energía toma un curso unidireccional a través de un ecosistema, pero muchas sustancias circulan a través del sistema. Estas sustancias incluyen agua, nitrógeno, carbono, fósforo, potasio, azufre, magnesio, calcio, sodio, cloro, y también varios otros minerales, como hierro y cobalto, que son requeridos por los sistemas vivos sólo en cantidades muy pequeñas.

El ciclo del agua.
El ciclo del agua vincula la
atmósfera, la hidrosfera y la corteza de la Tierra. El agua de la atmósfera
se encuentra principalmente en forma de vapor. En tierra, circula tanto por
la superficie (arroyos, ríos y lagos) como por los estratos subterráneos
(acuíferos). Generalmente, el agua desemboca en el mar.
Los movimientos de sustancias
inorgánicas se conocen como ciclos biogeoquímicos, porque implican
componentes geológicos así como biológicos del ecosistema.
Los componentes del entorno geológico son: 1) la atmósfera, constituida
fundamentalmente por gases, que incluyen el vapor de agua; 2) la litosfera,
la corteza sólida de la Tierra y 3) la hidrosfera, que comprende los
océanos, lagos y ríos, que cubren ¾ partes de la superficie
terrestre.
Los componentes biológicos
de los ciclos biogeoquímicos incluyen los productores, consumidores y
degradadores.
El papel de cada descomponedor
puede ser muy especializado.
Como resultado de la actividad metabólica de los descomponedores, de los compuestos orgánicos se liberan sustancias inorgánicas al suelo o al agua. Desde el suelo o el agua, estas sustancias son vueltas a incorporar a los tejidos de los productores primarios, pasan a los consumidores y detritívoros y luego son entregadas a los descomponedores, de los cuales entran nuevamente en las plantas, repitiendo el ciclo.

El ciclo del fósforo.
El fósforo es esencial
para todos los sistemas vivos como componente de las moléculas portadoras
de energía -tales como el ATP - y también de los nucleótidos
de DNA y RNA. Al igual que otros minerales, es liberado de los tejidos muertos
por las actividades de los descomponedores, absorbido del suelo y del agua por
las plantas y las algas, y circulado a través del ecosistema.
El ciclo del nitrógeno es de importancia crítica para todos los organismos. Implica varias etapas: la amonificación, degradación de los compuestos orgánicos nitrogenados a amoníaco o ion amonio; la nitrificación, oxidación del amoníaco o el amonio a nitratos que son incorporados por las plantas; y la asimilación, conversión de nitratos a amoníaco y su incorporación a compuestos orgánicos. Los compuestos orgánicos que contienen nitrógeno regresan finalmente al suelo o al agua, completándose el ciclo. El nitrógeno perdido por el ecosistema puede ser restituido por la fijación de nitrógeno, que es la incorporación de nitrógeno elemental a compuestos orgánicos.

El ciclo del nitrógeno.
Aunque el reservorio de nitrógeno
se encuentra en la atmósfera, donde constituye haste el 78% del aire
seco, el movimiento de nitrógeno en el ecosistema es más semejante
al de un mineral que al de un gas. Sólo unos pocos microorganismos son
capaces de fijar nitrógeno.
Los elementos que necesitan
los organismos vivos suelen estar presentes en sus tejidos en concentraciones
más elevadas que en el aire, el suelo y el agua circundantes. Esta concentración
de elementos resulta de la absorción selectiva de sustancias por las
células vivas, amplificada por los efectos de concentración de
las cadenas tróficas. En circunstancias naturales, este efecto de concentración
-denominada también bioacumulación- suele ser variable; generalmente,
los animales tienen un mayor requerimiento de minerales que las plantas, porque
gran parte de la biomasa vegetal es celulosa.
En los ciclos biogeoquímicos
también pueden ser captadas sustancias extrañas que, pasando de
un organismo a otro, alcanzan concentraciones elevadas cuando se aproximan a
la cima de la cadena alimentaria. El DDT es probablemente la sustancia tóxica
más conocida cuyos efectos fueron amplificados de esa manera.
En el accidente nuclear de Chernobyl
(ocurrido en 1986) fue liberado al ambiente una enorme cantidad de material
radiactivo.
Aunque las consecuencias de
este accidente fueron más graves en las áreas próximas
a Chernobyl, traspasaron las fronteras de la ex Unión Soviética,
afectando finalmente a unos 100 millones de personas en más de 20 países
europeos. La nube radiactiva del accidente se desplazó en dirección
noroeste por el viento y, cuando posteriormente llegaron las lluvias, el material
radiactivo volvió a caer al suelo. Una parte sustancial de la radiactividad
fue depositada en Noruega, un país que no tiene plantas de energía
nuclear. Un componente importante de la lluvia radiactiva de Chernobyl fue el
cesio 137. A medida que este elemento pasó del agua de lluvia a los líquenes
y luego a los renos, su concentración se incrementó a niveles
que excedían en mucho a los que se consideraban seguros para el consumo
humano. Las concentraciones más elevadas se produjeron en la leche, los
músculos y los huesos de los renos, el medio de subsistencia tradicional
para los pueblos Sami o Lapones, de Noruega Central y Meridional.
Las consecuencias de Chernobyl
nos brindan varias lecciones importantes. La primera y más obvia es que
la concentración biológica de sustancias es un fenómeno
muy real, con consecuencias potencialmente graves, especialmente para los organismos
que se encuentran en la cima de la cadena alimentaria, entre los cuales nos
incluimos. La segunda lección es que no debemos ser complacientes con
las medidas de seguridad relativas al uso de materiales o tecnologías;
son posibles tragedias mucho peores que las de Chernobyl. La tercera lección,
y tal vez la más importante, es que las consecuencias de nuestros errores
no respetan límites internacionales o normativas ambientales locales,
independientemente de si fueron bien concebidas o de cuán fielmente se
sigan. La humanidad y todos los demás seres vivos estamos interconectados
en un único ecosistema global.
La hipótesis Gaia
Gaia, nombre griego de la diosa
de la Tierra, es también el nombre de una de las últimas y controvertidas
hipótesis aparecidas en el campo de las ciencias naturales.
Su autor, James Lovelock es
un médico nacido en 1919 que, cuando en la década de 1960 fue
convocado por la NASA para intervenir en el proyecto Viking de detección
de vida en Marte, comenzó a cuestionarse acerca de las características
de la vida. Sorprendentemente, las definiciones de la vida eran parciales y
poco satisfactorias, a punto tal que, sobre las magras bases disponibles, las
sondas enviadas al espacio exterior no hubieran podido detectar vida ni siquiera
en la Tierra. La búsqueda de la definición de la vida y la visión
de nuestro planeta desde el exterior le permitió empezar a concebirlo
como un sistema único e integrado, como un gran superorganismo.
La idea de Lovelock no era totalmente
nueva. Ya en 1785, James Hutton, considerado padre de la geología, había
concebido algo semejante y propuso que la Tierra debía ser estudiada
por la "fisiología planetaria" a la manera de los antiguos
científicos que no dividían el campo de estudio en disciplinas
inconexas sino que tenían una visión holística del mundo.
Lovelock fundamenta sus ideas
básicamente en términos energéticos: la vida es un sistema
autoorganizado que mantiene activamente una baja entropía impulsada por
la energía libre proporcionada por el Sol. Si no se considerara la existencia
de un sistema de control en el que interviene la biota, resultaría inexplicable,
desde las leyes de la física y la química, que la inestable atmósfera
terrestre mantenga constante su composición, tan diferente de la de los
otros planetas, por períodos más extensos que el tiempo de reacción
de sus gases. La vida, que parece estar violando la segunda ley de la termodinámica,
no puede hacerlo ya que en realidad forma un sistema único con lo no
vivo. O sea, un único sistema autorregulado que mantiene la temperatura,
la composición de la superficie de la Tierra y de la atmósfera
a través de mecanismos de retroalimentación. La vida permitió
el desarrollo y la evolución de condiciones adecuadas para ella sobre
la Tierra; es un fenómeno automantenible a escala planetaria, es decir,
tanto en el tiempo como en el espacio. Una vez establecida firmemente en un
planeta, se extenderá por toda su superficie y solamente desaparecerá
cuando el planeta sufra un cambio cósmico trascendental o cuando la fuente
original de energía acabe.
Esta visión de la Tierra
tiene aspectos que se prestan a controversias: concebir el planeta como un todo
es ventajoso a la hora de intervenir sobre algún recurso transnacional
o transregional, ya que obliga a pensar globalmente para evitar inesperadas
consecuencias en sitios alejados del planeta. Por otra parte, considera a la
especie humana sólo como una especie más. Para Gaia, por ejemplo,
la radiación nuclear, a pesar de lo espantosa que puede ser para los
seres humanos, es un asunto menor. Lo importante es la salud del planeta, no
de una especie en particular.