Por Montserrat Duarte, jefa de operación social de Hogar de Cristo O´Higgins
La semana pasada el gobierno presentó los datos de la encuesta CASEN 2024 destacando la reducción de la pobreza en Chile. Es una noticia que, a primera vista, invita al optimismo. Pero si uno mira los datos con más atención, la historia cambia. Y cambia de forma inquietante.
La región de O´Higgins destaca negativamente en indicadores como escolaridad (21.5%) y participación por cuidados (13.4%). Presenta también una mayor proporción de población mayor. Quienes tienen 60 y más años son el 21.5% del total. Y las personas que viven en zonas rurales llegan al 24.2%.
Esta combinación hace particularmente sensible la situación de muchos habitantes de la región, que combinan las clásicas dificultades de la edad mayor con las de la ruralidad. Y ambas condiciones se agravan cuando hay pobreza por ingresos y multidimensional.
Hoy, a nivel nacional, más de 3,4 millones de personas siguen viviendo en pobreza por ingresos. No logran cubrir sus necesidades básicas ni siquiera considerando las ayudas del Estado. Pero el dato más duro es otro: más de 1,1 millón de personas vive en pobreza severa. Son pobres por ingresos y, además, enfrentan múltiples carencias en vivienda, salud, educación, trabajo, cuidados o redes de apoyo. Es decir, viven ambas pobrezas, lo que significa vulnerabilidad y precariedad en su forma más profunda y persistente.
La CASEN muestra algo que debería preocuparnos: el 10% más pobre de Chile hoy genera menos ingresos propios que hace quince años. Sus ingresos laborales caen, mientras los subsidios aumentan y pasan a representar cerca del 70% de lo que recibe un hogar. Las transferencias son necesarias -nadie lo discute-, pero cuando no van acompañadas de oportunidades reales, terminan administrando la pobreza en vez de superarla.
Chile ha avanzado en protección social, pero no ha fortalecido la capacidad de las personas para salir adelante por sí mismas. Trabajo digno, acceso a cuidados, educación pertinente, redes comunitarias. Eso se llama “capacidad de agencia”. De “agenciarse” el bienestar por uno mismo.
Sin el desarrollo de esa capacidad, no hay salida sostenible de la pobreza.
También existen alertas que no se resuelven con bonos: más soledad, menos redes de apoyo, hogares que cuidan a personas dependientes sin ayuda, empleo precario que no alcanza para vivir. La pobreza hoy no es solo falta de plata. Es cansancio, abandono y falta de oportunidades reales.
Celebrar promedios mientras más de un millón de personas vive atrapada en pobreza severa es un error. Hoy 1.193.010 personas viven en situación de pobreza severa en el país, lo que representa una auténtica emergencia social, en el sentido de que son personas con privaciones múltiples y profundas que afectan su bienestar cotidiano.
La pregunta de fondo es si estamos dispuestos a mirar de frente a quienes siguen quedando atrás y a cambiar el foco de las políticas públicas. Requerimos más humanidad, más dignidad y más capacidad de acción para quienes hoy no la tienen.